Era frustrante, pero cada año teníamos que volver a pintar el suelo. Los reinos, los feudos y los duques se vendían por docena en cada esquina, y las imágenes satelitales estaban caras en ese entonces. Pero por suerte, la pintura fluía barata de Medio Oriente..
Lo peor eran las constantes quejas -en especial las del Papa de turno- diciendo que le pintamos un pedazo de más o de menos, o que a tal ciudad le dieron una estrella negra más grande que a Roma.
Y ni se imaginarán lo que nos cobraron los chinos por ese rectángulo blanco gigantesco...
