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Sunday, July 18, 2010
Saturday, June 05, 2010
posibilidades
Sólo con desearlo, como el Viento o la Luna, podrías darle forma al Agua, podrías hacer que haga tu voluntad. Pero siempre tenés que respetarla; el Agua es un elemento orgulloso, difícil de enfurecer, pero una vez que comienza la tormenta, sólo los Dioses pueden detenerla...
Sólo concentrate en vivir, concentrate en ser feliz, en ser vos misma. Sólo tenés que darle un espacio - el Agua llena todos los rincones, trae la vida, te mantiene a salvo de muchas cosas. Pero si la envenenás, el Agua no es más que un reflejo de tu mezquindad, y te traerá la muerte...
Podrías esculpirme, exaltarme, o podrías condenarte, suicidarte. La elección, como siempre, es tuya - el Agua va a donde la lleva su curso...
Monday, March 08, 2010
...Caminaba despacio, y mi respiración entrecortada creaba nubes de vapor frente a mis ojos. Mis botas causaban un estruendo más fuerte que los truenos de la noche anterior, o eso me parecía... El sudor corría libremente por mi frente, mi rostro, mis brazos.. por todo mi cuerpo. Mis manos estaban pegajosas, el metal de la pistola se sentía caliente e incómodo entre mis dedos temblorosos. Aún así, caminaba, despacio y de forma calculada. Aferraba el objeto metálico como si mi vida dependiera de ello... Y aún no sabía qué acertado era ese pensamiento!
La habitación -si es que se podía llamar habitación a aquél lugar -no era más que cuatro paredes destartaladas, sin techo, derruidas por el tiempo y los elementos. El cielo estaba encapotado, lo recuerdo bien, y al mirar hacia arriba, recuerdo haber buscado en vano la luz de la luna llena que había brillado por momentos en la horrible noche de mis pesadillas futuras. Las paredes llamaban particularmente mi atención, y se grabó en mi mente la sensación desagradable que me producían. Pues habían sido construidas en piedra negra, eones atrás, por alguna civilización perdida, y quizás, en sus orígenes, habían sido magníficas. Pero cuando yo las vi, con los años aplastando su mero recuerdo, el musgo cubría los restos agonizantes de aquella estructura irreconocible, y sólo los vestigios de sus paredes deformes quedaban. Las proporciones, eso fue lo que me impactó! Podía observar las paredes derrumbadas, y las plantas creciendo entre los restos ya hechos polvo, pero la inclinación que presentaban era imposible, como si la gravedad no las afectara como a todo lo demás del lugar. Pasé largo rato, horrorizado, observando aquella incongruencia, conteniendo la respiración, intentando con toda mi voluntad no sucumbir a la tentación de prender la linterna, o de correr sin detenerme jamás. La inclinación, era absurda, una paradoja salida del abismo de tinieblas más allá de la razón...
Pero me mantuve firme, y allí es cuando todo comenzó a volverse surreal. Estaba alcanzando el centro de aquella habitación, estructura, o como quieran llamarla. Para mis adentros, me había convencido de que era algún tipo de templo o cónclave. Pues un altar siniestro coronaba aquel lugar desolado. Un altar que -a diferencia de todo lo demás en aquel lugar -parecía realmente antiguo. Pues quién no ha visto edificios abandonados en las ciudades, con el musgo creciendo libremente, o aquellos castillos medievales, con fantasmas del pasado rondando entre sus paredes destartaladas? Pero lo que me llamó la atención del altar fue que la piedra opaca y de aspecto suave estaba intacta. Inmune al tiempo, perfectamente cuidada, sin un rayón, ya fuera causado por los siglos o por el roce humano; y parecía absorber la luz, con malsanas intenciones... Alrededor del altar, entre la mugre, las piedras caídas y las plantas de aspecto poco saludable, había huesos. Los sentí entre mis pies ni bien penetré en aquel recinto olvidado, pero algo -quizás los últimos vestigios de mi cordura -forzó a mis sentidos a no pensar en el tétrico descubrimiento hasta que ya me fue imposible ignorarlo. Huesos, huesos y más huesos. La sangre se me heló en las venas, recuerdo, y quería correr. Pero me obligué a seguir avanzando. Caminaba con cuidado de no causar ruidos, a pesar de que mi respiración se me hacía ensordecedora. Mis pies aplastaban los restos humanos, de todos los tamaño, formas y producían el sonido equivalente a pisar ramas secas. Lo particular de los huesos era su estado, que tras un breve análisis, me permitió ver que todos se encontraban rotos, quebrados, astillados. Como si un perro se hubiera entretenido en ellos pero sin mucho ahínco o interés, perezosamente dejando su trabajo a medias.
Me agaché y sostuve entre mis dedos un fémur partido en dos limpiamente. El hueso era largo, y no podía distinguir muchos detalles. Con la poca luz, me había costado distinguirlo de los demás, y también, había pasado por alto los manchones oscuros que lo recubrían, de sangre reseca. Sentí electricidad recorriendo todo mi cuerpo, o quizás fue tan sólo un escalofrío, y lo solté precipitadamente, maldiciéndome por dentro por el sonido desagradable que produjo al unirse al resto de los despojos humanos. Quién podría imaginar lo que se escondía en aquel lugar tan alejado de todo rastro de civilización o humanidad? Quién o qué podría acudir, llamado por mis torpes pasos o mi corazón que quería huir de mi cavidad torácica?
Sentí una brisa helada, que penetró en lo más profundo de mi ser, y volteé, mirando hacia todos lados. La noche se me hizo de pronto más tenebrosa; mi situación, más ominosa. Recuerdo bien cómo la brisa seguía y seguía, fluyendo de algún lado que no supe distinguir, hasta que se detuvo abruptamente, y se hizo un silencio insoportable: así como nació, el movimiento del aire cesó completamente, y fue ese cambio el que me hizo sentir lo que mi olfato había ignorado por la adrenalina del momento; el olor de la putrefacción, de años de pudredumbre olvidada por el hombre, de asesinatos quizás, realizados sistemáticamente, en ese lugar maldito.
El viento volvía a arremeter contra mi, y esta vez, sentí que la vida se me escapaba con el viento helado. Pequeñas alarmas de mi mente me iban mostrando lo absurdo de mi situación, metiéndome en lo que no me incumbía, en lo que era mejor olvidar que descubrir, jamás explorar... Un sonido, leve, insustancial, crecía y crecía, muy lentamente, en los límites de mis precepciones ya embotadas por el miedo. Un frío gélido trepaba desde el piso, hacia mi pecho, hacia mi corazón descarrilado. Y por sobre todo, una perceptible -aunque quizás imaginada -disminución en la visibilidad. La suma de todo eso causó que mi voluntad flaqueara, y encendí la linterna, desesperado buscando por todos lados algo distinto, alguna respuesta. Recorrí presurosamente cada pared inclinada, las pilas de basura y huesos, de muerte y masacres olvidadas. Pero nada, nada había cambiado. Excepto yo. Pues un miedo aplastante me dominaba, como a quien vislumbra una verdad más grande de lo que puede abarcar con su imperfecta mente, como quien se ahoga y ve a lo lejos la superficie, siempre fuera del alcance...
El sonido comenzó a crecer en mi mente. Como si un ultrasonido fuera bajando su frecuencia, adaptándose, para que lo pudiera sentir en toda su envergadura. Y así fue. Y de pronto, recuerdo que corría. Corría sin esperanzas, sin razón, con el arma en una mano, la linterna en la otra, hacia lo que alguna vez fue el espacio reservado a una puerta, pero que hoy sólo era un agujero, un boquete, cubierto de piedras y musgo. Tropecé, en mi atolondrado escape del terror desconocido, quizás de mi propia imaginación y mis preconceptos. Tropecé, recuerdo bien, y la linterna voló de mis manos, su haz dorado, mi única esperanza, se alejó de mi, y en mi corazón, sentí el hielo del terror puro, sin diluir, que sólo de niño había sentido alguna vez.
No me importó: corrí. Y el sonido era ya desgarrador. Caí de nuevo, entre los huesos, entre la mugre, y me volteé, para ver el cielo. Y fue la luz lo que me hizo seguir observando! Pues la luz no funcionaba como debía hacerlo; la luna llena había mostrado su rostro frío e indiferente, su figura circular impasible en el cielo, pero la oscuridad cubría completamente el lugar, y lo que parecían sombras negras se podían ver con una claridad excesiva, en el cielo, en todos lados. No era tanto lo que podía vislumbrar, más bien, lo que no podía definir con mis ojos, lo que mi mente definió como algo, o varios algos, en el cielo. Quizás el miedo, o la oscuridad, me hacían ver aquella imagen infernal. Y deseé no ver, deseé despertar, deseé morir. Pero las formas en el aire, de un negro profundo, de un vacío insondable, estaban allí, quietas, inmóbiles, como rodeadas por el sonido atronador, agudo, apuñalando mis tímpanos. Sin más, comencé a empujarme hacia la "puerta", alejándome de esa visión, y allí es cuando los vi... Hombres y mujeres, de un mundo ignoto, de un abismo de tinieblas que no debe conocerse. Aparecieron en silencio, trayendo entre ellos a una mujer y a un hombre en brazos, que parecían inconscientes. No había luz suficiente como para ver más que siluetas. Eran como quince al menos, quizás tanto como veinte, no lo sé. Parecían no afectados por el frío antinatural, o por el sonido destructor. Parecía que nada los afectaba, ni siquiera mi presencia, pues quedé paralizado entre los huesos, con el sudor frío recorriendo todo mi cuerpo, mi pistola olvidada en algún lado irrecuperable, al igual que mi voluntad y mi razón, y el débil control que mi cerebro había ejercido alguna vez sobre mis piernas...
Caminaron, y formaron un círculo. Un círculo amplio e irregular. Hablaban una lengua que jamás había escuchado, y que aún hoy deseo no haber escuchado. Murmuraban o gemían, gritaban o susurraban, pero ni una palabra me pareció familiar. Y eso me afecto particularmente, como una isla de racionalidad, de luz, en aquel mar de tenebroso olvido del tiempo y del mundo. Pues siendo un profesor en lenguas antiguas, y con profundo conocimiento tanto de las lenguas muertas de la antigüedad, como de las lenguas vivas modernas, me encontré completamente despistado por ese lenguaje, que sonaba como agua deslizándose entre rocas siendo golpeadas. Violento y sibilante, su cántico ascendia hacia los cielos. Y los cielos respondían! El gemido, el chillido, cesó de a poco, y los agujeros del cielo, o los nubarrones, o lo que fueran, comenzaron a moverse! La luz baja me enloquecía, y a la vez, era mi salvación; pues no podía ver bien a pesar de que la luna llena brillaba en el cielo, pero luego pensé que eso mismo evitó que perdiera del todo la razón en aquel mundo infernal!
Decidí, en un arranque de claridad, huir de allí, si no por mi vida, al menos por lo poco de cordura que me quedaba, por un deseo humano básico de contarle a alguien -por más que jamás nadie me creyó hasta el día de hoy -lo que vislumbré, lo que atestigüé en esas ruinas horribles. Repté y me arrastré como una oruga, en silencio, como una rata aterrada, hasta que finalmente alcancé la pared arqueada. En ningún momento volteé a ver qué sucedía a mis espaldas, ni miré hacia los cielos. Pero no podía evitar escuchar. Los huesos vibraban en el suelo, mil lenguas se elevaban a los cielos, y el terror puro me paralizaba y me empujaba a correr, a la vez.
Mis manos hicieron contacto con algo metálico, frío, y apresuradamente, tomé mi pistola una vez más. Ya estaba alejado de aquel ritual siniestro, y en ningún momento volteé. Pero los gritos de las víctimas y los cánticos de los ritualistas aún me persiguen durante lo más profundo de la noche... No pude resistirme, y miré furtivamente mientras me alejaba. De las sombras oscuras que había en el cielo, no había rastro alguno, pero una negrura escalofriante envolvía las ruinas, absorbiendo toda luz, ahogando tanto los gritos de las pobres víctimas, como las llamadas de los cultistas. Recuerdo correr, correr y correr, cayendo por momentos, gateando por otros...
Finalmente, llegué al pie de la colina como empujado por una energía que no sabía que poseía. Sentía convulsiones, de terror puro, de frío, mientras me ponía de pie dificultosamente, y comenzaba a correr colina abajo. Corrí, y me alejé de esa locura, deseando fervientemente despertar, pero sabiendo que ni mis peores pesadillas jamás habían sido tan vívidas, o tan plagadas de detalles... Corrí un buen rato, hasta alcanzar la carretera. Aquella región de Perú estaba más allá del alcance de cualquier autoridad, incluso, pensé yo, más allá de la mano de Dios... Encontré mi auto arrendado, tal cual lo había dejado, pero no había rastros de mi acompañante. Había contratado un guía local, llamado Jacinto Gómez, para que me indicara la mejor forma de llegar a cada ruina que recorrí. Cuando me habló de este lugar, inmediatamente quise venir, y mi guia se ofreció a traerme al mediodía; por alguna burla del destino, nuestro auto se averió y mi guia decidió esperar al servicio técnico, mientras yo me adentré en las colinas a explorar.
Lentamente, apoyado contra el vidrio del vehículo, recuperé mínimamente el aliento, y traté de abrir la puerta. Y allí es cuando vi a Jacinto, parado del otro lado del camino, inmóvil. Y desnudo, con un rostro de frenesí y locura que me aterró. Al hacer contacto visual conmigo, comenzó a acercarse lentamente hacia mi. El auto, un viejo peugeot sin chapa, nos separaba. Pero me distraje al ver su cuerpo! Con este frío, no vestía ropa alguna, y su piel se encontraba magullada y con cortes y cicatrices de aspecto doloroso, en todos lados excepto el rostro y los brazos. Trastabillé hacia atrás, y Jacinto saltó hacia adelante, cubriendo la distancia que nos separaba en pocos pasos. Esquivó el capó del auto y se acercó hacia mí presuroso, y no recuerdo bien cómo, pero mi cuerpo reaccionó con algún instinto de autoconservación que no sabía que poseía, y escuché un estruendo terrible -BANG! -cuando mis brazos ascendieron, y mis dos manos aferraron el arma y jalaron del gatillo. El disparo impactó en el pecho de mi guia peruano, justo sobre el corazón, y por unos momentos, Jacinto miró el pequeño agujero rojizo sin comprender. Y yo lo miré a él, sin comprender tampoco, hasta que, tras un instante en que nuestros ojos se encontraron, su cuerpo se desmoronó hacia adelante, golpeándose horriblemente con el auto y cayendo al suelo. Tras un instante de duda y miedo, abrí la puerta del acompañante y me metí presuroso en el vehículo. Trabé la puerta, como si aquello implicara que me encontraba seguro, y que la pesadilla de afuera no podría colarse en el peugeot. Respiré hondo, intentando calmar mis nervios ya quemados, y me pasé de asiento, giré la llave y emprendí mi escape.
Los días pasados en Perú estuvieron marcados de misterio y oscuridad. Había arribado al país la noche del domingo anterior, era pleno invierno en las montañas, y me había costado mucho acostumbrarme a la diferencia del aire y del entorno con mi ciudad natal en Inglaterra. El primer día asistí a un congreso de antropología en un suntuoso hotel, y por la tarde, abandoné la ciudad para recorrer las ruinas, que eran mi obsesión tras ciertos.. eventos.. de los cuales había sido testigo recientemente. Uno de los conserjes del hotel donde me hospedaba, una pequeña posada sin renombre, sin lujos, pero con buenos precios, me recomendó a Jacinto Gómez, un local que conocía las montañas y sus misterios como ningún otro. Me advirtió sobre sus costumbres extrañas, y sus tendencias paganas, pero lo desestimé, ansioso por conocer los lugares más inhóspitos de las colinas y montañas cercanas.
No recuerdo ya lo que vi los primeros tres días, pero el cuarto día me encontró sentado en un vehículo presuntamente averiado, en el medio de la nada, y de camino a unas ruinas especialmente ignotas, en la frontera con Brasil. Mi guia me recomendó que siguiera a pie, si quería ganar tiempo, que tendría el auto listo dentro de unas dos o tres horas, con suerte. Aunque estabamos aún lejos de nuestro presunto objetivo para el día, el lugar rebosaba de estructuras antiguas, precoloniales. Me adentré en la espesura, y alcancé el pie de una colina despejada, donde atisbé unos edificios derruídos, unas construcciones de piedra oscura. Llegar a la cima, a la cercanía de aquellas piedras negras me tomó varias horas, el deseo de aventura acalló cualquier prudencia, mi obsesión reinaba en aquel momento. El atarceder dio paso a la luna llena, y el cielo se mostraba nublado y encapotado... Dios no quiera que tenga que ver algo como lo de aquel día otra vez-
La habitación -si es que se podía llamar habitación a aquél lugar -no era más que cuatro paredes destartaladas, sin techo, derruidas por el tiempo y los elementos. El cielo estaba encapotado, lo recuerdo bien, y al mirar hacia arriba, recuerdo haber buscado en vano la luz de la luna llena que había brillado por momentos en la horrible noche de mis pesadillas futuras. Las paredes llamaban particularmente mi atención, y se grabó en mi mente la sensación desagradable que me producían. Pues habían sido construidas en piedra negra, eones atrás, por alguna civilización perdida, y quizás, en sus orígenes, habían sido magníficas. Pero cuando yo las vi, con los años aplastando su mero recuerdo, el musgo cubría los restos agonizantes de aquella estructura irreconocible, y sólo los vestigios de sus paredes deformes quedaban. Las proporciones, eso fue lo que me impactó! Podía observar las paredes derrumbadas, y las plantas creciendo entre los restos ya hechos polvo, pero la inclinación que presentaban era imposible, como si la gravedad no las afectara como a todo lo demás del lugar. Pasé largo rato, horrorizado, observando aquella incongruencia, conteniendo la respiración, intentando con toda mi voluntad no sucumbir a la tentación de prender la linterna, o de correr sin detenerme jamás. La inclinación, era absurda, una paradoja salida del abismo de tinieblas más allá de la razón...
Pero me mantuve firme, y allí es cuando todo comenzó a volverse surreal. Estaba alcanzando el centro de aquella habitación, estructura, o como quieran llamarla. Para mis adentros, me había convencido de que era algún tipo de templo o cónclave. Pues un altar siniestro coronaba aquel lugar desolado. Un altar que -a diferencia de todo lo demás en aquel lugar -parecía realmente antiguo. Pues quién no ha visto edificios abandonados en las ciudades, con el musgo creciendo libremente, o aquellos castillos medievales, con fantasmas del pasado rondando entre sus paredes destartaladas? Pero lo que me llamó la atención del altar fue que la piedra opaca y de aspecto suave estaba intacta. Inmune al tiempo, perfectamente cuidada, sin un rayón, ya fuera causado por los siglos o por el roce humano; y parecía absorber la luz, con malsanas intenciones... Alrededor del altar, entre la mugre, las piedras caídas y las plantas de aspecto poco saludable, había huesos. Los sentí entre mis pies ni bien penetré en aquel recinto olvidado, pero algo -quizás los últimos vestigios de mi cordura -forzó a mis sentidos a no pensar en el tétrico descubrimiento hasta que ya me fue imposible ignorarlo. Huesos, huesos y más huesos. La sangre se me heló en las venas, recuerdo, y quería correr. Pero me obligué a seguir avanzando. Caminaba con cuidado de no causar ruidos, a pesar de que mi respiración se me hacía ensordecedora. Mis pies aplastaban los restos humanos, de todos los tamaño, formas y producían el sonido equivalente a pisar ramas secas. Lo particular de los huesos era su estado, que tras un breve análisis, me permitió ver que todos se encontraban rotos, quebrados, astillados. Como si un perro se hubiera entretenido en ellos pero sin mucho ahínco o interés, perezosamente dejando su trabajo a medias.
Me agaché y sostuve entre mis dedos un fémur partido en dos limpiamente. El hueso era largo, y no podía distinguir muchos detalles. Con la poca luz, me había costado distinguirlo de los demás, y también, había pasado por alto los manchones oscuros que lo recubrían, de sangre reseca. Sentí electricidad recorriendo todo mi cuerpo, o quizás fue tan sólo un escalofrío, y lo solté precipitadamente, maldiciéndome por dentro por el sonido desagradable que produjo al unirse al resto de los despojos humanos. Quién podría imaginar lo que se escondía en aquel lugar tan alejado de todo rastro de civilización o humanidad? Quién o qué podría acudir, llamado por mis torpes pasos o mi corazón que quería huir de mi cavidad torácica?
Sentí una brisa helada, que penetró en lo más profundo de mi ser, y volteé, mirando hacia todos lados. La noche se me hizo de pronto más tenebrosa; mi situación, más ominosa. Recuerdo bien cómo la brisa seguía y seguía, fluyendo de algún lado que no supe distinguir, hasta que se detuvo abruptamente, y se hizo un silencio insoportable: así como nació, el movimiento del aire cesó completamente, y fue ese cambio el que me hizo sentir lo que mi olfato había ignorado por la adrenalina del momento; el olor de la putrefacción, de años de pudredumbre olvidada por el hombre, de asesinatos quizás, realizados sistemáticamente, en ese lugar maldito.
El viento volvía a arremeter contra mi, y esta vez, sentí que la vida se me escapaba con el viento helado. Pequeñas alarmas de mi mente me iban mostrando lo absurdo de mi situación, metiéndome en lo que no me incumbía, en lo que era mejor olvidar que descubrir, jamás explorar... Un sonido, leve, insustancial, crecía y crecía, muy lentamente, en los límites de mis precepciones ya embotadas por el miedo. Un frío gélido trepaba desde el piso, hacia mi pecho, hacia mi corazón descarrilado. Y por sobre todo, una perceptible -aunque quizás imaginada -disminución en la visibilidad. La suma de todo eso causó que mi voluntad flaqueara, y encendí la linterna, desesperado buscando por todos lados algo distinto, alguna respuesta. Recorrí presurosamente cada pared inclinada, las pilas de basura y huesos, de muerte y masacres olvidadas. Pero nada, nada había cambiado. Excepto yo. Pues un miedo aplastante me dominaba, como a quien vislumbra una verdad más grande de lo que puede abarcar con su imperfecta mente, como quien se ahoga y ve a lo lejos la superficie, siempre fuera del alcance...
El sonido comenzó a crecer en mi mente. Como si un ultrasonido fuera bajando su frecuencia, adaptándose, para que lo pudiera sentir en toda su envergadura. Y así fue. Y de pronto, recuerdo que corría. Corría sin esperanzas, sin razón, con el arma en una mano, la linterna en la otra, hacia lo que alguna vez fue el espacio reservado a una puerta, pero que hoy sólo era un agujero, un boquete, cubierto de piedras y musgo. Tropecé, en mi atolondrado escape del terror desconocido, quizás de mi propia imaginación y mis preconceptos. Tropecé, recuerdo bien, y la linterna voló de mis manos, su haz dorado, mi única esperanza, se alejó de mi, y en mi corazón, sentí el hielo del terror puro, sin diluir, que sólo de niño había sentido alguna vez.
No me importó: corrí. Y el sonido era ya desgarrador. Caí de nuevo, entre los huesos, entre la mugre, y me volteé, para ver el cielo. Y fue la luz lo que me hizo seguir observando! Pues la luz no funcionaba como debía hacerlo; la luna llena había mostrado su rostro frío e indiferente, su figura circular impasible en el cielo, pero la oscuridad cubría completamente el lugar, y lo que parecían sombras negras se podían ver con una claridad excesiva, en el cielo, en todos lados. No era tanto lo que podía vislumbrar, más bien, lo que no podía definir con mis ojos, lo que mi mente definió como algo, o varios algos, en el cielo. Quizás el miedo, o la oscuridad, me hacían ver aquella imagen infernal. Y deseé no ver, deseé despertar, deseé morir. Pero las formas en el aire, de un negro profundo, de un vacío insondable, estaban allí, quietas, inmóbiles, como rodeadas por el sonido atronador, agudo, apuñalando mis tímpanos. Sin más, comencé a empujarme hacia la "puerta", alejándome de esa visión, y allí es cuando los vi... Hombres y mujeres, de un mundo ignoto, de un abismo de tinieblas que no debe conocerse. Aparecieron en silencio, trayendo entre ellos a una mujer y a un hombre en brazos, que parecían inconscientes. No había luz suficiente como para ver más que siluetas. Eran como quince al menos, quizás tanto como veinte, no lo sé. Parecían no afectados por el frío antinatural, o por el sonido destructor. Parecía que nada los afectaba, ni siquiera mi presencia, pues quedé paralizado entre los huesos, con el sudor frío recorriendo todo mi cuerpo, mi pistola olvidada en algún lado irrecuperable, al igual que mi voluntad y mi razón, y el débil control que mi cerebro había ejercido alguna vez sobre mis piernas...
Caminaron, y formaron un círculo. Un círculo amplio e irregular. Hablaban una lengua que jamás había escuchado, y que aún hoy deseo no haber escuchado. Murmuraban o gemían, gritaban o susurraban, pero ni una palabra me pareció familiar. Y eso me afecto particularmente, como una isla de racionalidad, de luz, en aquel mar de tenebroso olvido del tiempo y del mundo. Pues siendo un profesor en lenguas antiguas, y con profundo conocimiento tanto de las lenguas muertas de la antigüedad, como de las lenguas vivas modernas, me encontré completamente despistado por ese lenguaje, que sonaba como agua deslizándose entre rocas siendo golpeadas. Violento y sibilante, su cántico ascendia hacia los cielos. Y los cielos respondían! El gemido, el chillido, cesó de a poco, y los agujeros del cielo, o los nubarrones, o lo que fueran, comenzaron a moverse! La luz baja me enloquecía, y a la vez, era mi salvación; pues no podía ver bien a pesar de que la luna llena brillaba en el cielo, pero luego pensé que eso mismo evitó que perdiera del todo la razón en aquel mundo infernal!
Decidí, en un arranque de claridad, huir de allí, si no por mi vida, al menos por lo poco de cordura que me quedaba, por un deseo humano básico de contarle a alguien -por más que jamás nadie me creyó hasta el día de hoy -lo que vislumbré, lo que atestigüé en esas ruinas horribles. Repté y me arrastré como una oruga, en silencio, como una rata aterrada, hasta que finalmente alcancé la pared arqueada. En ningún momento volteé a ver qué sucedía a mis espaldas, ni miré hacia los cielos. Pero no podía evitar escuchar. Los huesos vibraban en el suelo, mil lenguas se elevaban a los cielos, y el terror puro me paralizaba y me empujaba a correr, a la vez.
Mis manos hicieron contacto con algo metálico, frío, y apresuradamente, tomé mi pistola una vez más. Ya estaba alejado de aquel ritual siniestro, y en ningún momento volteé. Pero los gritos de las víctimas y los cánticos de los ritualistas aún me persiguen durante lo más profundo de la noche... No pude resistirme, y miré furtivamente mientras me alejaba. De las sombras oscuras que había en el cielo, no había rastro alguno, pero una negrura escalofriante envolvía las ruinas, absorbiendo toda luz, ahogando tanto los gritos de las pobres víctimas, como las llamadas de los cultistas. Recuerdo correr, correr y correr, cayendo por momentos, gateando por otros...
Finalmente, llegué al pie de la colina como empujado por una energía que no sabía que poseía. Sentía convulsiones, de terror puro, de frío, mientras me ponía de pie dificultosamente, y comenzaba a correr colina abajo. Corrí, y me alejé de esa locura, deseando fervientemente despertar, pero sabiendo que ni mis peores pesadillas jamás habían sido tan vívidas, o tan plagadas de detalles... Corrí un buen rato, hasta alcanzar la carretera. Aquella región de Perú estaba más allá del alcance de cualquier autoridad, incluso, pensé yo, más allá de la mano de Dios... Encontré mi auto arrendado, tal cual lo había dejado, pero no había rastros de mi acompañante. Había contratado un guía local, llamado Jacinto Gómez, para que me indicara la mejor forma de llegar a cada ruina que recorrí. Cuando me habló de este lugar, inmediatamente quise venir, y mi guia se ofreció a traerme al mediodía; por alguna burla del destino, nuestro auto se averió y mi guia decidió esperar al servicio técnico, mientras yo me adentré en las colinas a explorar.
Lentamente, apoyado contra el vidrio del vehículo, recuperé mínimamente el aliento, y traté de abrir la puerta. Y allí es cuando vi a Jacinto, parado del otro lado del camino, inmóvil. Y desnudo, con un rostro de frenesí y locura que me aterró. Al hacer contacto visual conmigo, comenzó a acercarse lentamente hacia mi. El auto, un viejo peugeot sin chapa, nos separaba. Pero me distraje al ver su cuerpo! Con este frío, no vestía ropa alguna, y su piel se encontraba magullada y con cortes y cicatrices de aspecto doloroso, en todos lados excepto el rostro y los brazos. Trastabillé hacia atrás, y Jacinto saltó hacia adelante, cubriendo la distancia que nos separaba en pocos pasos. Esquivó el capó del auto y se acercó hacia mí presuroso, y no recuerdo bien cómo, pero mi cuerpo reaccionó con algún instinto de autoconservación que no sabía que poseía, y escuché un estruendo terrible -BANG! -cuando mis brazos ascendieron, y mis dos manos aferraron el arma y jalaron del gatillo. El disparo impactó en el pecho de mi guia peruano, justo sobre el corazón, y por unos momentos, Jacinto miró el pequeño agujero rojizo sin comprender. Y yo lo miré a él, sin comprender tampoco, hasta que, tras un instante en que nuestros ojos se encontraron, su cuerpo se desmoronó hacia adelante, golpeándose horriblemente con el auto y cayendo al suelo. Tras un instante de duda y miedo, abrí la puerta del acompañante y me metí presuroso en el vehículo. Trabé la puerta, como si aquello implicara que me encontraba seguro, y que la pesadilla de afuera no podría colarse en el peugeot. Respiré hondo, intentando calmar mis nervios ya quemados, y me pasé de asiento, giré la llave y emprendí mi escape.
Los días pasados en Perú estuvieron marcados de misterio y oscuridad. Había arribado al país la noche del domingo anterior, era pleno invierno en las montañas, y me había costado mucho acostumbrarme a la diferencia del aire y del entorno con mi ciudad natal en Inglaterra. El primer día asistí a un congreso de antropología en un suntuoso hotel, y por la tarde, abandoné la ciudad para recorrer las ruinas, que eran mi obsesión tras ciertos.. eventos.. de los cuales había sido testigo recientemente. Uno de los conserjes del hotel donde me hospedaba, una pequeña posada sin renombre, sin lujos, pero con buenos precios, me recomendó a Jacinto Gómez, un local que conocía las montañas y sus misterios como ningún otro. Me advirtió sobre sus costumbres extrañas, y sus tendencias paganas, pero lo desestimé, ansioso por conocer los lugares más inhóspitos de las colinas y montañas cercanas.
No recuerdo ya lo que vi los primeros tres días, pero el cuarto día me encontró sentado en un vehículo presuntamente averiado, en el medio de la nada, y de camino a unas ruinas especialmente ignotas, en la frontera con Brasil. Mi guia me recomendó que siguiera a pie, si quería ganar tiempo, que tendría el auto listo dentro de unas dos o tres horas, con suerte. Aunque estabamos aún lejos de nuestro presunto objetivo para el día, el lugar rebosaba de estructuras antiguas, precoloniales. Me adentré en la espesura, y alcancé el pie de una colina despejada, donde atisbé unos edificios derruídos, unas construcciones de piedra oscura. Llegar a la cima, a la cercanía de aquellas piedras negras me tomó varias horas, el deseo de aventura acalló cualquier prudencia, mi obsesión reinaba en aquel momento. El atarceder dio paso a la luna llena, y el cielo se mostraba nublado y encapotado... Dios no quiera que tenga que ver algo como lo de aquel día otra vez-
Friday, February 26, 2010
paranoia
Cada sombra me mira, todos los ojos me siguen. Sus miradas conspiran a mis espaldas. Mal disimulados malos deseos hacia mí. Sus expresiones cambian, su mirada es imperceptiblemente más intensa. Justo más allá de mi visión periférica, los veo darse vuelta y murmurar, gestos amenazantes, se acercan. Cada sombra me mira. Escucho pasos que no están ahí, o quizás lo están, pero son tan hábiles de mezclarse en esa selva de pasos y pasar desapercibidos. Cada paso es un cuchillo, y cada hombre lleva una puñalada entre sus labios. Las mujeres, libros abiertos que lanzan sus plumas negras. Cada sombra me mira, todos los ojos me siguen sin piedad, sabiendo. Sabiendo que sé, sabiendo que sé que saben que sé. Y sé que me esperan, al acecho, expectantes. Si tengo sólo un momento de debilidad, como buitres sobre mis carnes a desgarrar caerán. Lo saben, sé que lo saben, saben que sé. Por eso al acecho, invisibles, indistinguibles. Y cada sombre me mira, me sigue, silenciosa, esperando, expectante, me voy debilitando, me voy apagando. Sus ojos, sus ojos ciegos me siguen, lo sé, puedo sentirlo con el rabillo del ojo, puedo escuchar sus murmullos en mi cabeza, puedo sentir sus alientos malintencionados, siguiéndome por la calle, fingiendo que están haciendo lo suyo, pero siguiéndome, contándose hacia dónde voy, con quién hablo. Sus ojos me siguen. Cada sombra me mira, disimulando mal sus hacia mi malos deseos... Cada sombra me mira... sólo Ellos pueden salvarme, en su eterno sueño durmiendo por siempre estarán, y cada sombra lo sabe, cada individuo es un cuchillo, cada respiración, una aguja en mis ojos. Cada sombra lo sabe; sólo Ellos pueden salvarme. Sus nombres, sus nombres voy a susurrar, me siguen, los siento, casi los palpo, un algo en mi nuca, en el rabillo del ojo, un susurro.. Sálvenme, S-
Friday, February 12, 2010
otra vez
Estoy muy cansado, el verano no es mi época del año it seems.
O sea, trabajo a la mañana, y toda la tarde doy vueltas dando clases. A la tarde, kf -que es durísimo con este calor- y a la noche a dormir con eso.
Es que esta última semana, pareciera que una Sombra me visitó... Creo que ya se volvió a ir, pero fueron dos semanas de pesadillas, como es lo regular ya (con los FA y esas cosas) y hace un par de días, la sentí ahí, encima mío, cuando me desperté, con su "brazo" clavado en mi esternon, drenándome... No sabría cómo explicarlo sin que quede muy Lovecraftiano. Mejor no hacerlo.
El miedo se va, la paz vuelve, inunda las paredes con una sensación de paz, cuando pienso en ciertas cosas y hago ciertas cosas. Pero sin duda, estoy muy cansado y sin energía. Espero poder dormir mucho este fin de semana largo (el lunes es el día de George Washington =D).
O sea, trabajo a la mañana, y toda la tarde doy vueltas dando clases. A la tarde, kf -que es durísimo con este calor- y a la noche a dormir con eso.
Es que esta última semana, pareciera que una Sombra me visitó... Creo que ya se volvió a ir, pero fueron dos semanas de pesadillas, como es lo regular ya (con los FA y esas cosas) y hace un par de días, la sentí ahí, encima mío, cuando me desperté, con su "brazo" clavado en mi esternon, drenándome... No sabría cómo explicarlo sin que quede muy Lovecraftiano. Mejor no hacerlo.
El miedo se va, la paz vuelve, inunda las paredes con una sensación de paz, cuando pienso en ciertas cosas y hago ciertas cosas. Pero sin duda, estoy muy cansado y sin energía. Espero poder dormir mucho este fin de semana largo (el lunes es el día de George Washington =D).



